SEGUNDO PREMIO: "LA CITA" DE ELVIRA LOMBARDÍA RIERA
La
mujer contempló con satisfacción la imagen que le devolvía el espejo del
dormitorio.
-A pesar
de la cantidad de años que tienes, querida, estás divina- se dijo a sí misma,
riendo como una niña traviesa-. Estoy nerviosa, Federica- confesó a su gata gris,
que dormitaba sobre su cama-. Voy a volver a ver a Jaime.
Tras
probar y descartar varios atuendos, Irene se decidió por una blusa de cuello
alto y manga francesa de color verde agua y un pantalón de lino del mismo tono.
La melena corta de pelo blanco hacía resaltar sus ojos grises, lo que, sumado a
su altura, le daban una apariencia muy elegante, justo el aspecto que ella
buscaba para causar una muy buena impresión en la cita que tenía con el que había
sido su gran amigo y amor platónico de adolescencia.
Irene
había comenzado a tocar el piano a la corta edad de seis años por imposición de
su madre, melómana enamorada de Chopin, quien siempre había anhelado ser
pianista pero la falta de medios económicos durante la infancia de la mujer le
impidió aprender a interpretar las obras de su amado compositor. Para cumplir
su sueño roto, cuando su única hija tuvo edad suficiente para asistir a las
clases del conservatorio de música, la matriculó sin opción a negativa por
parte de la niña que comenzó sus estudios cuando casi no alcanzaba a pisar los
pedales del piano. Una tarde, recién cumplidos los quince años de edad, Irene
se dirigía a una de sus lecciones agarrada a un paraguas que era, a todas luces,
insuficiente para protegerse del aguacero que estaba cayendo, parapetada tras
la carpeta que contenía las partituras, cuando vio por primera vez a Jaime en
el zaguán de la entrada del edificio. Ella quedó impresionada al advertir que
el desconocido era la viva imagen del pintor Alberto Durero cuyo autorretrato había
visto en el diccionario enciclopédico que guardaba la biblioteca del despacho
de su padre. Siempre que Irene consultaba los volúmenes de la obra, aprovechaba
la ocasión para contemplar la ilustración y admirar la belleza y serenidad que
se desprendía del rostro del pintor alemán del que Jaime era un remedo. El
joven que tenía el mismo pelo rubio sobre sus hombros y vestía un pantalón vaquero,
camisa estampada y un sobretodo verde, miró a Irene con sus enormes ojos claros
rematados por unas pestañas largas y ella se sintió irremediablemente atraída
por aquel chico que era tan distinto a los uniformados, aburridos y grises compañeros
del colegio privado al que ella asistía.
-
¿Podrías decirme dónde está el aula 201? Tengo
allí mi clase de batería- sonrió formando un hoyuelo en su mejilla izquierda
-
Está en la segunda planta, al lado de mi aula
de piano. Si quieres, podemos ir juntos- Irene se sonrojó por su atrevimiento.
-
Eres muy amable. Hoy es mi primer día aquí y
estoy un poco perdido. Han trasladado a mi padre a la sucursal de esta zona y acabamos
de mudarnos. Por cierto, me llamo Jaime.
Extendió
una mano de dedos largos y piel suave que ella estrechó. Ese fue el comienzo de
una amistad de tres años que terminó cuando la familia del chico se mudó a la
capital.
-
No puedo creer que no volvamos a vernos- dijo
Irene el día en que él le comunicó la noticia de su partida.
-
¡No digas eso! Estoy seguro de que en un futuro
más o menos lejano nos reencontraremos- replicó, intentando que su voz sonara
alegre.
En
el tiempo que habían compartido, Jaime había puesto patas arriba el mundo de
Irene, la solitaria y tímida chica, que comenzó a salir y asistir a conciertos
con su nuevo amigo y un grupo de compañeros del conservatorio. Él lo llenaba
todo con su alegría y, sin saberlo, la ayudó a sentirse más segura y a empezar
a confiar en sí misma. Fueron tres años felices que terminaron cuando él se fue.
Tras su marcha, ella se apartó de todos, se blindó como si fuera una almena de
piedra maciza, guardando en su interior la angustia y tristeza que sentía por
haber perdido la oportunidad de abrir su corazón. Irene pasó largas horas estudiando,
atrincherada tras sus libros lo que le permitió obtener brillantes
calificaciones y una beca para ingresar en la facultad de veterinaria de la
capital a donde se trasladó, abandonando para siempre el pueblo que le había
visto nacer y a donde nunca regresaría. En su nueva ciudad, lejos del que había
sido su mundo, Irene consiguió encontrar su sitio y tener una existencia plena
y feliz, trabajando como profesora en la universidad hasta que le llegó el
merecido retiro.
Irene
nunca pudo deshacerse del recuerdo de Jaime y alguna vez había pensado en
intentar localizarle, pero no sabía por dónde empezar. La oportunidad de dar
con él le llegó cuando participó en un curso de manejo de internet y redes
sociales. Escribió en el buscador el nombre y apellidos de su amigo y fue encontrando
un reguero de pistas que le marcaron, como las migas de pan en el camino, la
trayectoria vital de Jaime. Así supo que él había trabajado como profesor de
percusión en un conservatorio cercano, ya que pudo ver el nombramiento para el
puesto en un boletín oficial. Descubrió que había quedado viudo doce años atrás
al leer la esquela de la que fuera su mujer, en la que también aparecía el
nombre de la hija que habían tenido en común y de un nieto. Por las imágenes
que habían subido sus alumnos pudo ver la fiesta sorpresa que le habían
organizado con motivo de su jubilación y le vio a él, con la misma sonrisa y el
hoyuelo en la mejilla izquierda. Había afeitado la barba y cortado su melena
rubia, pero conservaba el aspecto juvenil.
-
El tiempo te ha tratado muy bien, querido Jaime-.
dijo, mirando una y otra vez las fotografías
Encontró
su dirección postal e Irene decidió enviar una carta a su casa para hacerle
llegar su número de teléfono por si él quería ponerse en contacto con ella.
Jaime no tardó en llamar y aquella primera conversación duró casi una hora. Acordaron
citarse en el café del parque para charlar ese sábado por la mañana.
Aún
quedaban unos minutos para la hora a la hora de la cita. Para calmar su
impaciencia, Irene eligió la partitura de Salut d’amour de Elgar y se
sentó al piano. No necesitaba mirar el papel para tocar la pieza, ya que era una
de sus favoritas y había terminado por saberla de memoria. Las delicadas notas
que iban quedando tendidas en el aire consiguieron tranquilizarla. Estaba
decidida a revelar su secreto a Jaime aunque corría el riesgo de perderle para
siempre, pero Irene había resuelto mucho tiempo atrás que nunca más volvería a
tener miedo, que no se escondería, que no callaría. Fortalecida y segura de lo
que iba a hacer, se levantó del piano para dirigirse a la puerta.
-
Que salga el sol por donde quiera, Federica-
dijo a su gata, antes de colgar el bolso del hombro- Deséame suerte.
Salió
a la calle una preciosa mañana de mayo bajo un sol radiante. Irene se puso unas
enormes gafas oscuras y fue paseando lentamente hacia el parque. Cuando llegó
allí comprobó que Jaime ya estaba esperándola, sentado en la terraza del bar bajo
un parasol, vestido con pantalón vaquero y camisa a rayas azules. Seguía siendo
un hombre muy atractivo. Irene observó en la distancia durante unos instantes a
su amigo, mientras intentaba pausar la respiración agitada, hasta que se
decidió a acercarse a la mesa en la que él estaba:
-
¡Hola, Jaime! - le dijo-. Tenía muchas ganas de
verte. Y de que tú me vieras a mí.
-
Perdone, pero ¿nos conocemos? - preguntó él,
extrañado
Ella
quitó las gafas de sol y él, mirándole a los ojos, se puso en pie permaneciendo
unos segundos sin decir palaba.
-
¡Antonio! – exclamó, al fin, atónito
-
Irene. Siempre he sido Irene- sonrió
tímidamente- El Antonio que tú conociste ya no existe. Solamente era la fachada
que me vi obligada a utilizar hasta que pude ser libre. Quise decírtelo, pero
cuando había reunido el valor suficiente para hablar contigo, te fuiste de mi
lado- contó atropelladamente-. Jaime, por favor, dime algo.
Él
sonrió abiertamente y la abrazó con fuerza.
-
¡Cuántos días amargos tuviste que vivir en silencio,
mi pobre Irene! - se separó, tomándole las manos-. ¡Esto sí que es una gran
sorpresa! Vamos a sentarnos, que tienes muchas cosas que contarme. Esta va a
ser una cita muy larga, querida amiga.
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