PRIMER PREMIO "PREPARADA PARA LO PEOR" DE RICARDO CANO GARCÍA
Apareció
al descolgarse el cajón, con un estrépito de cazos y sartenes que hizo huir a
Satán. Estaba envuelto en varias capas apretadas de papel film transparente, yo
lo miraba sin atreverme a tocarlo, y fue mi hermana quien lo recogió y lo
desenvolvió sobre la encimera, con la naturalidad de quien abre una caja de
bombones. Contó cien billetes de cincuenta euros, todos orientados en la misma
posición, con esmero de anciano.
Nunca
lo habríamos recordado de no ser por ese hallazgo, pero cuando el tío Aurelio
vendió las tierras dejó caer que había conseguido un buen pellizco en negro. La tía Jacinta murió poco después y nunca
más volvimos a oír hablar de ello, pero los cinco mil euros que me miraban
perturbadores desde la encimera daban credibilidad al asunto. Considerando lo
abultado de la venta no parecía que esa cantidad fuera tan buen pellizco, y dimos
por seguro que había más dinero escondido en alguna parte. Urgía
encontrarlo, porque, aunque esperábamos que el testamento nos nombrase
herederas y ello nos daría todo el tiempo del mundo para buscarlo, también
cabía la posibilidad de que la casa fuera a parar a la protectora de animales, o
a la hermandad de antiguos caballeros legionarios.
Comenzamos registrando el escritorio, un
mueble de roble con detalles de latón y arruinado por la carcoma, que bien podría
haber pertenecido al bisabuelo del tío Aurelio. El área de trabajo descansaba
sobre dos columnas de cajones y estaba protegida por una persiana de lamas de
madera. Al subirla descubrimos un espacio organizado
primorosamente, que prometía albergar secretos, cartas de amor y, ¿por qué no?,
abultados fajos de billetes. A la vista, en una bandeja de cuero, la llave
del único cajón que tenía cerradura prometía una recompensa inmediata, pero su
contenido resultó de lo más prosaico: facturas y manuales de los
electrodomésticos de la cocina, reformada veinte años atrás. En vano
inspeccionamos todos y cada uno de los recovecos del escritorio. Solo los
cajones de la derecha guardaban cosas que pertenecían a este siglo: un móvil
sin batería, los recordatorios de la primera comunión de mis hijos, una tarjeta
de la seguridad social y medicamentos suficientes para sobrevivir a un año y
medio de desabastecimiento.
En el recibidor encontramos un monedero
con setenta euros. En la mesilla del dormitorio, una caja de viagra con la
fecha de caducidad vencida. Mientras eran cosas del tío me resultaba fácil mantener
a raya mis sentimientos, pero al registrar la cómoda y descubrir las combinaciones
de la tía Jacinta, la emoción me embargó. Dejé que fuera mi hermana quien
continuara revisando el dormitorio y entré en la habitación de Satán. El tío
Aurelio –militar de profesión, retirado con el empleo de capitán– siempre fue
un hombre comedido, nada dado a extravagancias, pero tras la muerte de su mujer
se volcó en el gato para combatir su soledad, y consagró toda una habitación para
el disfrute del siamés. Hizo
instalar una estructura en forma de castillo –«el palacio», lo llamaba él–, que
habría hecho las delicias no ya de un gato, sino de toda una colonia felina. Ocupaba
la mitad de la estancia, se elevaba hasta los dos metros de altura, y reunía todo lo que un gato podría desear
para jugar, dormir o arañar: perchas a las que encaramarse, rampas,
hamacas, escondites… Las superficies estaban tapizadas con felpa, había cuerdas
colgantes, juguetes móviles a los que perseguir, y no faltaban los rascadores
de sisal donde afilar las garras. Adosadas a las paredes
de la habitación, una serie de baldas distribuidas a modo de escaleras
permitían a Satán alcanzar una gran plataforma que también era accesible desde la
parte superior de la estructura principal.
El
único inquilino del palacio me miraba con recelo desde su plataforma de
observación, quizá recordando el atentado que había sufrido en la cocina. Si mi
hermana tenía llave del piso era solo para que pudiéramos atender al felino en
caso de que a su dueño le ocurriera algo, pero nunca hasta ahora habíamos asumido
esa responsabilidad, y para él seguíamos siendo dos extrañas que irrumpíamos en
sus dominios. Comprobé que aún tenía comida. Repuse el agua y retiré los
excrementos del arenero. A ninguna de las dos se nos había pasado por la cabeza
llevárnoslo a casa: mi hermana odia todo lo que tenga cuatro patas, y mi San Bernardo nunca aceptaría la presencia de un
rival. De momento estábamos dispuestas a ir todos los días a visitarlo a su
paraíso gatuno, no fuera a ser que alguna cláusula del testamento condicionara
nuestra herencia a su bienestar. Luego, ya decidiríamos.
La voz de mi hermana me hizo regresar al
dormitorio. Un segundo fajo de billetes había aparecido dentro de una caja de
zapatos. La última bajo una pila de siete, todos de mujer, entre el armario y
la pared. La caja correspondía a un par de botines de piel vuelta que mi tía
compró una mañana de finales de diciembre que hacía un frío del demonio. Me
había pedido que la ayudara a escoger algo moderno, la acompañé a unos
almacenes que habían adelantado las rebajas, y después de comprarlos me invitó
a chocolate con churros en una cafetería de la Plaza Mayor. El recuerdo de todo
ello hizo que se me congelara el alma, y de nuevo fue mi hermana quien
desenvolvió el paquete y contó el dinero.
El balance de media hora de búsqueda ascendía
a doscientos billetes. Cinco mil euros para cada una. Esperábamos encontrar
más, pero era tarde y también ella tenía marido e hijos que atender.
Que nos preparáramos para lo peor, nos
habían dicho. ¿Qué cabía esperar, con ochenta y siete
años y una septicemia diagnosticada tardíamente? Podía aguantar una semana,
dos como máximo, pero el desenlace era seguro. Los primeros días fuimos a
visitarlo al hospital, aunque pasaba las horas inconsciente y cuando abría los
ojos no parecía reconocernos. No había nada que pudiéramos hacer por él, así
que nos aseguramos de dejar nuestros teléfonos para que nos avisaran cuando
llegase el momento, y dejamos de ir a verlo. Las dos semanas estaban a punto de
cumplirse y la espera se me estaba haciendo insufrible, porque fueron muchos los años que él y la
tía Jacinta habían formado parte de mi vida, y el dolor afloraba con cada
recuerdo.
Al día siguiente iniciamos una búsqueda
sistemática. El piso –cinco habitaciones y dos baños–
resultaba grande para un matrimonio sin hijos, e inmenso para un anciano que no
recibía visitas; y el dinero podía estar oculto en cualquier lugar. El tío Aurelio parecía querer que todo estuviera empaquetado
con precisión, y examinar los armarios era algo parecido a abrir una sucesión
de matrioskas que acababan
sacando a la luz colecciones de llaveros, posavasos con publicidad de bares de
playa, billetes de lotería de hace cincuenta años y una fotografía del tío
con el uniforme de capitán de la legión, serio como si estuviera ante un
consejo de guerra, que coloqué sobre el mueble bar. Sabíamos qué buscábamos y
eso facilitaba la tarea, pero abrir, en obligada sucesión, dos maletas, una
bolsa de deportes y un neceser de viaje para acabar descubriendo un diccionario
español-francés de bolsillo resultaba descorazonador.
El tercer fajo de billetes apareció en la
habitación de invitados, dentro de la máquina de coser: una antigualla de esas
que van incorporadas a un mueble, que ya debía de ser vieja cuando mi tía la
usaba. El cuarto, al retirar la funda del sofá del salón. El quinto en el
congelador, entre unas chuletas de cordero y un bloque de helado de turrón.
El recuerdo del primer hallazgo sugería
que todos los cajones debían ser extraídos para asegurarnos de que nada quedaba
oculto en las entrañas de los muebles. Los de las mesillas no tenían ningún
tipo de retén, y la comprobación resultó fácil. Los del escritorio estaban
trabados al interior y parecía imposible separarlos de los rieles. Los de la
cocina resultaron fáciles de quitar, pero devolverlos a su lugar exigía una destreza
que no teníamos, y lo mismo ocurrió con los del salón, las habitaciones y los
baños.
Nuestra
búsqueda iba dejando huellas de su desmesurada urgencia y trastocando un piso
que siempre fue modelo de orden: en
nuestro forcejeo con la máquina de coser habíamos deformado una bisagra, y ahora el mueble no podía
cerrarse. Torres de cajones se apilaban junto a los armarios,
y la que había quedado
sobre la cama de matrimonio –deshecha tras comprobar que no había nada bajo el sobrecolchón–
se desplomó cuando Satán pretendió trepar por ella. Una novela que resbaló al apartar el sujetalibros empujó
una figura de porcelana que se hizo añicos contra el aparador, y colocar la funda del sofá resultó ser
mucho más difícil que retirarla, por lo que nos limitamos a dejarla hecha un
gurruño junto a la pared.
Nuestro tesón se vio recompensado, y un
sexto fajo de billetes apareció en el interior de un reloj de cuco. Se trataba
de una obra de arte, con un delicado trabajo de ebanistería inspirado en la
fauna de los bosques alemanes, y nos sentimos orgullosas de ser capaces de extraer
el dinero sin causar ningún daño al reloj. El total acumulado pasó a ser de treinta
mil euros. Aparte de los baños, dos habitaciones parecían no ocultar ningún dinero:
la de Satán y un cuarto pequeño en el que mi tío guardaba las herramientas, el
juego de maletas, una bicicleta estática a la que le faltaba un pedal, y
retazos de su vida militar: uniformes que llevaban una treintena de años sin
ser usados, una mochila que debía de haber pasado por alguna guerra, y fotos y
metopas que cubrían las paredes. Habríamos seguido buscando, pero no queríamos
llamar la atención de los vecinos, que algo podrían sospechar ante tanto tiempo
que dedicábamos al cuidado del gato.
La tercera jornada de búsqueda fue menos
satisfactoria: el séptimo paquete envuelto en film apareció en una caja de un
video VHS que formaba parte de una colección dedicada a los grandes toreros, y
el octavo lo descubrí en el forro interior de una gabardina Burberry de doble botonadura. ¿Era
eso todo? Para compensar su frustración mi hermana señaló que su televisor se
había quedado anticuado, y que el del tío Aurelio tenía el tamaño perfecto para
su salón. A mí me venía bien el robot de cocina, y ambas consideramos que era
un reparto equitativo. La ayudé a meter el televisor en el coche y decidimos
retrasar la decisión sobre si tenía sentido seguir buscando.
Sin embargo, mi hermana debió de continuar
dándole vueltas al asunto, porque apenas llegué a casa me llamó para decirme
que el tío tenía que haber dejado escrito dónde estaba escondido el dinero. No
creía que lo hubiera confiado todo a su memoria, que ya hacía tiempo que daba
muestras de deterioro.
La sospecha tenía mucho sentido: raro era
el día, cuando aún vivía la hermana de mi madre y las visitas eran habituales,
que el tío Aurelio no recurría a una libreta, ya fuera para apuntar algo o para
consultar una nota previa. Era de tamaño cuartilla, con tapa dura y espiral. Hacía
las veces de agenda telefónica y de recordatorio de citas médicas, y el pin de
su tarjeta de crédito estaba anotado junto a las fechas de los cumpleaños de mis
hijos, todo ello con una caligrafía elegante que atraía mi mirada.
La
encontramos en el escritorio, nada más abrir el compartimento principal. Era imposible que no la hubiéramos visto
mientras revisábamos por primera vez el mueble, pero estábamos tan
excitadas buscando el dinero que no prestábamos atención a ninguna otra cosa. El
tío Aurelio había tenido el detalle de indicar la fecha de cada entrada. Una
nota de hacía tres años llevaba por título «Venta parcela». Dejaba constancia
del precio acordado y de los teléfonos del notario y del comprador. Justo a
continuación, sin fecha ni título, figuraba una estrambótica lista, pretendidamente
críptica, que para nosotras no podía resultar más reveladora:
Sofá.................... 5
Cuco................... 5
Congelador.......... 5
Ficus................... 5
Gabardina........... 5
Paragüero........... 5
Sartenes............. 5
Cisterna.............. 5
Cantimplora......... 5
Botines de ante.... 5
Singer................. 5
Secreter ............. 5
Cacao................. 5
Manolete ............ 5
Satán................ 50
Total................ 120
Nunca habíamos imaginado
que nuestro tío pudiera tener tanto dinero escondido.
Hasta el momento habíamos localizado cuarenta mil euros. Faltaban ochenta mil, más
de la mitad de los cuales estaban custodiados por el gato.
Fuimos
a su habitación, animadas por la expectativa del botín. Revisamos de
arriba abajo cada hueco, cada superficie… Vaciamos el saco de pienso, la arena…
Satán no quiso ser testigo de la destrucción de su parque de atracciones y
abandonó la estancia cuando comenzamos a desmontarlo. Los elementos se
resistían al desensamblaje y los encastres de plástico se deformaban, cuando no
se rompían, pero no nos detuvimos hasta que el palacio quedó reducido a un centenar de piezas sueltas
amontonadas bajo la ventana. Los estantes de las paredes eran macizos,
no parecía posible que pudieran ocultar nada, pero uno a uno fuimos
retirándolos todos; desatornillados los primeros, arrancados los últimos,
cuando la ansiedad se impuso a la cordura.
Lo único que quedaba por mirar era el
plafón, y aunque era absurdo pensar que el tío, con sus ochenta y siete años y
su artrosis, pudiera haberse aupado a un taburete para acceder a él, eso fue lo
que hizo mi hermana. Todo lo que hallamos fue una polilla muerta, y el plafón
quedó arrumbado junto a la pirámide formada por los estantes y los restos del
palacio.
El
ficus ocupaba un ángulo del salón comedor, y su tamaño superaba todo lo que
podría considerarse razonable para un piso. Era una de esas especies de tronco
grueso y hoja pequeña, algunas de cuyas ramas alcanzaban el techo con holgura.
En vano buscamos entre ellas: no había nada oculto en la inmensa copa. Nos
entregamos a la tarea de desenterrar sus raíces, hundidas en una maceta tan
pesada que fuimos incapaces de mover, hasta que dimos con el esperado fajo de
billetes. Lamentablemente, en nuestro empeño por retirar la tierra, las raíces
perdieron tanto agarre que el árbol acabó desplomándose. No pudimos evitar que
una de las ramas más grandes golpeara al reloj de cuco, que acompañó al ficus en
su caída y se desintegró contra el suelo. La habitación se llenó de hojas que flotaron
un instante para acabar cayendo sobre nosotras y sobre los terrones negros que
quedaron esparcidos por el parqué.
Había un paragüero en el recibidor, que ya
había sido inspeccionado el primer día, pero al efectuar un nuevo registro
descubrimos un falso fondo bajo el que se escondía el dinero.
Para abrir las tapas de las cisternas
recurrimos al destornillador que habíamos usado para las baldas. La primera no
ocultaba nada. En la segunda, un pisapapeles de bronce con forma de chapiri
legionario mantenía sumergido un nuevo envoltorio
de billetes.
Volvimos
a abrir cada cajón del escritorio y fuimos sacando, además de cientos de
facturas y de una treintena de medicamentos, una cámara fotográfica de carrete,
álbumes de fotos, un mapa de carreteras, un reloj de viaje, el folleto de un
crucero por el Mediterráneo, dos bolígrafos de un hotel de Benidorm y un sobre
repleto de sellos usados. El último cajón guardaba una estampita del Cristo de
la Buena Muerte, un documento que reconocía a mi tío la concesión de la cruz
del mérito militar por su actuación en la guerra de Ifni, y un estuche vacío
que pudo haber albergado la recompensa. Todo el dinero que encontramos fueron
unas monedas con la imagen del Caudillo que sumaban ciento setenta y una pesetas.
¿Pudiera
ser que existiera un compartimento secreto? La idea fue mía, y resultó acertada:
oculta por la marquetería encontramos una pequeña palanca que actuaba sobre un
mecanismo interno que mostraba un cajón oculto. Además de otros cinco mil euros,
el compartimento escondía un reloj de oro y la alianza de casada de la tía.
En el armario de la cocina había dos botes
de colacao. El primero estaba casi vacío. El segundo era de diseño antiguo, con
tapa metálica que abrimos con una cucharilla. Volcamos el contenido en el
fregadero y el decimocuarto fajo de billetes apareció entre una nube de cacao
en polvo.
La anotación del cuaderno había demostrado
su validez, pero aún faltaba por encontrar el premio gordo, el custodiado por Satán.
Volvimos a examinar lo que había sido un palacio, convertido ahora en un montón
de tablas, plásticos y listones. Mi hermana recogió, escrutó y me entregó una a
una cada pieza, que yo fui arrojando al pasillo hasta que solo nuestra
frustración llenó la estancia. La casa parecía un campo de batalla: a los estragos de ayer se añadían
ahora los restos del palacio, el ficus caído, el reloj de cuco destrozado y la
tierra húmeda de la maceta que nuestros pasos habían esparcido por toda
la casa, mezclándola con el yeso desprendido de las paredes de la habitación de
Satán. Lo que estuvo recogido en la mochila estaba ahora tirado por el suelo, y
todos los secretos que albergaba el
escritorio yacían a los pies del mueble. Mi tío, con su uniforme de capitán de
la legión, nos miraba serio desde una fotografía caída sobre el parqué.
Salimos de la casa llevando con nosotras
treinta mil euros, una alianza y un reloj de oro. Nos mantuvimos en silencio mientras
bajábamos en el ascensor. Mis zapatos sugerían que había pasado la tarde en una
obra, y en la blusa descubrí restos
de cacao. Al despedirnos recordé que no había repuesto el agua del gato, pero mi hermana se negó a subir
de nuevo.
Mi teléfono suena y la pantalla indica que
es mi hermana quien llama. Sabe que estoy trabajando, y también ella debe de
estar en la oficina: solo puede significar que la han llamado del hospital. Llevo
días preparándome para esto y soy rápida en contestar.
—Dime.
Mi hermana no responde. Dos segundos…
tres… Yo insisto:
—¿Marta? ¿Hola?
No me lo hagas más difícil –pienso–. Dímelo
de una vez.
—Me ha llamado el tío.
Ahora soy yo quien se queda en silencio.
¿El tío? ¿El tío Aurelio a quien llevamos más de dos semanas sin ir a ver,
porque no encontramos sentido a permanecer junto a un moribundo que no nos
reconoce y por el que no podemos hacer nada? ¿El tío Aurelio cuya casa hemos
saqueado? Mi hermana no dice nada más. Me está dando tiempo para que aterrice,
pero no puedo aterrizar: estoy sobrevolando un campo de ruinas. Antes de que
consiga poner en orden mis pensamientos, añade:
—Dice que se encuentra estupendamente. Que
ha respondido a los antibióticos, se ha recuperado del todo, y que le han dado el
alta. Está en su casa, y…
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